En verano las ciudades se transforman. El olor a “maní, calentito el maní” y el de la garrapiñada, cambia por el perfume de jazmín. Las manos empiezan a recuperar el tacto y el roce con los otros ya no es entre miles de capas de ropa. Todo parece ir más lento, el tránsito, la brisa, las nubes, el reloj.
La gente también parece ser otra.
Están los que se quedan y trabajan sin apuro, cambian el mate por la cerveza cuando se hace de noche y pasean por la rambla como si no la conocieran.
Están los que vienen a ver la familia, se sacuden en el aeropuerto los vestigios del frio europeo y todo les parece nuevo, generoso y definitivamente mejor de lo que ven a diario en la ciudad que les da trabajo.
Y están los otros. Los turistas que eligen el país por sus playas, el paisaje, la paz y hasta el anonimato…A esos, el clima imprevisto del verano y esa cosa de que “todo es tan a mano en Uruguay” los atrae también la ciudad. Como si una dosis de ruido y calor de asfalto los hiciera volver a disfrutar más intensamente sus vacaciones de arena, mar y pinocha.
Me gusta llegar a Montevideo por la Rambla Sur. Descubrir esa larga serpiente democrática que permite convivir en paz y armonía grupos de jóvenes charlando, escuchando música y pasándose el vaso con la bebida espirituosa, con veteranos de termo, mate, sillita y caña para pescar. Y en el medio, parejas de enamorados que se sienten únicos en el planeta.
Diversidad, tolerancia, respeto en la convivencia…Todo por el mismo precio, simplemente volviendo a las 2 de la mañana por la Rambla Sur.

