Cocina para todos los domingos.
Se viste de blanco muchas veces.
Es muy, muy coqueta y siempre lleva caravanas y collares.
Me hace comentarios de mis canciones por mail.
Arma el pesebre a fin de año en un retablo hecho con un botiquín viejo y allí pone para deleite de todos, dioses paganos y no tanto…
Como dice Cabrera, yo quería ser como vos…

Si tuviera que hacer un ranking de elogios a mi trabajo (no estoy hablando de piropos que esos también llenan el alma pero que generalmente destacan virtudes por las que he hecho poco en la vida), hay 2 o 3 que me llenaron de regocijo en los últimos tiempos:
*”Usted dice muy bien”
*” Qué buen manejo de los silencios”
* “Yo creo lo que vos hacés…”
Decir bien, privilegiar el texto, permitir que la melodía sea un vehículo para compartir una idea. Tener claro que la protagonista es la canción.
Me llevó muchos años darme cuenta que aprovechar los silencios en una versión, era lo que más tenía que trabajar. Esa sensación de miedo que dá el silencio es propia de la adolescencia…La necesidad de llenar cada minuto de una canción con piruetas y pirotecnia para demostrar lo que valemos y sabemos hacer. Claro está, que es algo que también la masa valora (masa no público), sino no serían tan exitosas/sos una enorme cantidad de intérpretes que priorizan su gimnasia vocal a cualquier otra cosa que requiera el tema.
Pero cuando un intérprete coloca un silencio, da tiempo a la audiencia a pensar, a reflexionar, da tiempo a los otros músicos a opinar también con su destreza artística…
Y que alguien crea en lo que un artista hace no es poco…Crear la ilusión escénica, sin morir en el camino de que somos amados, olvidados, furiosos…lo que la canción diga, lo que la canción cuente…
Cantar oxigena mi cerebro y me hace pensar mejor.
Por eso me sale este post después de un fin de semana tan cantado…
